sábado, 13 de marzo de 2010

Entonces te mirás al espejo, mirás tus ojos y vez aquel brillo especial qué los viene invadiendo hace bastante tiempo. Y también inevitablemente mirás tu boca, totalmente desfigurada en lo qué parece una sonrisa. Una sonrisa tan grande y verdadera cómo la qué hace tiempo viene esbozandose en tu rostro. Y mirás tus mejillas, sonrosadas, ruborizadas, cómo las viste en el pasado cantidad innumerable de veces. Y te das cuenta de qué todo eso no es producto de ninguna pastilla rara, ni de alguna comida extraña qué seguramente probaste. Es efecto del amor. Porqué sentís qué tu corazón explota, sentís los pulmones lleno de un aire distinto y sentís cómo de a poco cada parte de tu ser es invadida por un sentimiento nuevo distinto. Por alguien, nuevo, distinto, ideal. Ese alguien qué está lejos, muy a la distancia y sin embargo lo sentís presente en vos con su alma. Ese alguien qué no vez, pero qué está. Ese alguien a quién necesitás aunque no te pertenesca, ese qué querés aunque sabés perfectamente qué no te quiere, porqué hace mucho aprediste qué cuándo uno ama y admira de verdad va mucho más allá del hecho de qué los sentimientos sean, o no, compartidos. Y mirandote al espejo y viendo una visión completamente distinta de vos misma, te das cuenta de todo y de nada a la vez. Ese alguien qué cambió completamente tu mundo para ser el eje del mismo, no será perfecto, pero cada una de sus imperfecciones, lo hacen totalmente ideal y perfecto para vos. Porqué más allá de todo esas cosas reales, superficiales, y hasta sentimentales, lo amás. Con el alma, con el corazón, con la sangre qué corre por tus venas y con la piel qué recubre tus huesos. Lo amás, y eso, es lo único qué importa.